Hodder - Traducción S.grebe

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1. INTRODUCCION: Debate de teorías contemporáneas en Arqueología. Ian Hodder.

Traducción: S. Grebe 2014


Cada estudiante de arqueología se enfrenta hoy con un gran número de publicaciones que
tratan sobre teoría arqueológica, sean estas textos introductorios (e.g. Johnson 2010),
estudios históricos (Trigger 2006), “lecturas” (Preucel y Mrozowski 2010; Whitley 1998),
“estudios globales editados” (Hodder 1991; Meskell y Preucel 2004; Ucko 1995), o libros
innovadores que van en nuevas direcciones (e.g. Schiffer 1995; Shanks y Tilley 1987; Skibo
et al. 1995; Tilley 1994; Thomas 1996, etc.). Se ha vuelto posible vivir extensamente de la
arqueología como especialistas en teoría, y muchos de los puestos de trabajo que se
ofrecen para dar conferencias, hacen referencia ahora a la enseñanza de la teoría y la
investigación. Las conferencias regulares están dedicadas por completo a la teoría como en
los TAGs (Grupo de Arqueología Teórica) británicos, de EEUU o Nórdicos. Esta subida a la
fama de la teoría arqueológica consciente de si, podría ser rastreada hasta la Nueva
Arqueología de los 1960s y 1970s.
Las razones de esta proliferación de textos de teoría son numerosas, y probablemente
podríamos distinguir razones internas y externas a la disciplina, aunque en la práctica,
ambos grupos de razones están interconectados. De las razones internas, el desarrollo de
la teoría arqueológica está ciertamente muy ligada al énfasis de la Nueva Arqueología en
una aproximación crítica al método y la teoría. Este conocimiento consciente de la
necesidad de discusiones teóricas, se observa más claramente en la descripción de Clarke
(1973) de la pérdida de inocencia arqueológica, y en la llamada de Binford (1977) a una
“construcción de teorías”. La arqueología Post-procesual tomó estas reflexiones y siguió
teorizando mucho más allá. Muchas de las críticas a la Arqueología Procesual fueron sobre
teoría más que sobre método, y el mayor énfasis estaba en abrir la arqueología a un rango
más amplio de posiciones teóricas, particularmente aquellas en las ciencias históricas y
sociales. De hecho, la Antropología en los Estados Unidos ya había tomado su giro
histórico y lingüista, pero era solo una visión de la Antropología como evolución y Ecología
Cultural que los nuevos Arqueólogos habían abrazado. Cuando los mismos giros fueron
tomados en Arqueología para producir Arqueología Post-procesual, teorizar se volvió muy
abstracto y especializado, aunque tal abstracción también se encuentra en otros
desarrollos, tales como la aplicación de la teoría de la catástrofe (Renfrew y Cooke 1979).


De hecho, todas las teorías competentes desarrollaron sus propias jergas especializadas y
tienen una tendencia a ser difíciles de penetrar.
Uno de los movimientos internos fue hacia la búsqueda de ideas externas, y legitimación
externa de los movimientos teóricos dentro de la arqueología. Ha habido una puesta al día
con otras disciplinas y se ha integrado el debate. Movimientos similares hacia una apertura
e integración del debate se observan a través de las humanidades y las Ciencias Sociales.
Existen numerosos ejemplos de estrechas relaciones externas entre la arqueología y otras
disciplinas en este libro. Shennan (capítulo 2) describe los resultados productivos de las
interacciones entre biología, demografía de poblaciones y arqueología. La Ecología del
Comportamiento Humano (Bird y O’Connell, capitulo 3) está íntimamente ligada a la
Ecología y Ecología Evolucionista. La discusión de sistemas complejos en arqueología es
parte de un debate mucho mayor en la teoría de sistemas y cibernética (Kohler, capitulo 5).
Renfrew (capitulo 6) describe debates con ciencias cognitivas y psicología evolutiva. Barret
(capitulo 7) muestra como el debate heurístico (Por heurística entendemos una estrategia, método, criterio o
truco usado para hacer más sencilla la solución de problemas difíciles.) le debe mucho a la sociología. Thomas
(capitulo 8) demuestra que el trabajo arqueológico en paisajes, se ha visto fuertemente
influenciado por la geografía, especialmente por los recientes geógrafos culturales, y por la
historia del arte y la filosofía. La antropología socio-cultural es un socio clave en los debates
que se describen en los capítulos 7 al 13, y los estudios de ciencia y tecnología han
influenciado fuertemente las discusiones arqueológicas de simetría (Olsen, capítulo 10) y
materialidad (Knappett, capítulo 9). La historia y la historia del arte ocupan un lugar central
en varios capítulos en la parte final de este libro, especialmente el trabajo en visualización
(Moser, capitulo 14). Pero cabe destacar que estas interacciones con otras disciplinas no
son vistas como préstamos desde una posición de inferioridad. De manera creciente, la
naturaleza particular de los datos arqueológicos, especialmente su materialidad y su
carácter a largo plazo, es reconocida por tener algo que ofrecer a cambio a otras
disciplinas.
Gosden (capitulo 12) hace notar la necesidad de los arqueólogos de relacionarse con la
teoría post-colonial. La crítica de otras voces y de múltiples intereses no-occidentales ha
forzado en ocasiones el debate teórico (Colwell-Chanthaphonh, capitulo 13). Por ejemplo, la
arqueología Noruega ha visto un largo debate teórico sobre las habilidades de los
arqueólogos para identificar grupos étnicos del pasado como resultado de los conflictos
Sami-noruegos sobre los orígenes. Problemas con re-entierros han llevado a algunos a
repensar el uso de la tradición oral en la arqueología Norteamericana (Anyon et al. 1996).


Los grupos indígenas al exigir sus derechos cuestionan el valor de la “ciencia objetiva”
(Langford 1983). Un punto similar puede ser planteado con respecto al impacto del
feminismo. Esto ha puesto en cuestión la manera en que hacemos investigación (Gero
1996) y ha procurado maneras alternativas de escribir sobre el pasado (Spektor 1994),
abriendo el debate acerca de los fundamentos. Lo mismo se puede decir de las discusiones
sobre la representación en legados culturales y museos (ver Mose en el capítulo 14;
Merriman 1991). Estos debates obligan a realizar una crítica de la interpretación. Nos
desafían a evaluar en qué intereses yace la interpretación, y a ser delicados con la relación
entre la audiencia y el mensaje.

El modelo de colectividad de discursos.
Es discutible que la arqueología tenga una nueva madurez ya que, como se afirma más
arriba, se ha puesto al día con disciplinas en campos relacionados, en cuanto a las teorías
y problemas que se están discutiendo. Muchos, como vemos en este libro, desean
contribuir desde la arqueología hacia otras disciplinas –este énfasis en contribuir más que
en tomar prestado sugiere una madurez y confianza que examinaré de nuevo mas
adelante. Esta madurez también parece involucrar la aceptación de la diversidad y
diferentes perspectivas dentro de la disciplina.
Siempre habrá quienes reclamen que la arqueología debería hablar desde una voz
unificada, o quienes sientan que los desacuerdos entre las filas socavan la habilidad de los
arqueólogos de contribuir a otras disciplinas o de ser tomados en serio. Una tendencia a
identificar una unidad general en la disciplina se puede observar en algunos capítulos de
este libro. Renfrew (1994) ha hablado de alcanzar un punto medio entre arqueología
procesual y post procesual en la arqueología procesual cognitiva. Kohler (capitulo 5)
sugiere que las aproximaciones actuales a sistemas complejos incorporan criticas de un
positivismo simple, y se refiere al argumento de Bintliff (2008) de que la teoría de la
complejidad integra perspectivas histórico culturales, procesuales y post-procesuales.
Muchos autores en las últimas dos décadas han discutido por algunas mezclas de
aproximaciones procesuales y post-procesuales (e.g. Hegmon 2003; Pauketat 2001; Wylie
1989) aunque no sin ser criticados (Moss 2005).
Muchas veces se asume implícitamente, en discusiones sobre la necesidad de unidad en
la disciplina, que la madurez real, como se observa en las ciencias naturales, significa
unidad. Pero, de hecho, Galison (1997) ha discutido que la física, por ejemplo, está lejos de
ser un todo unificado. Más bien lo ve como una zona de intercambio entre las perspectivas


competentes, métodos instrumentales, y experimentos. En la arqueología, además, existe
una fragmentación masiva de la disciplina, con aquellos que trabajan en, por ejemplo,
estudios de la Edad de Bronce en Europa teniendo muy poco en común con los
especialistas en lítica Paleolítica. Las teorías de la Nueva Arqueología fueron introducidas
más o menos al mismo tiempo pero de manera separada que los computadores y
estadísticas, como se demuestra en el trabajo de Clarke (1970) y Doran y Hodson (1975).
El registro de contextos por separado (Barker 1982) fue introducido para lidiar con
excavaciones urbanas de gran escala, y no fue inmediatamente ligada a ninguna posición
teórica en particular. Y así sucesivamente. En estos ejemplos vemos que la teoría, el
método y la práctica no están vinculados en un todo unificado. Mientras los vínculos entre
dominios existen indudablemente, la historia de la disciplina es una de las interacciones
entre dominios separados, muchas veces con sus propios lenguajes especializados, sus
propias conferencias y periódicos, y su propio personal. Como lo que plantea Galison
(1997) para la física, es esta misma diversidad y los vínculos dentro de la dispersión lo que
garantiza la vitalidad de la disciplina.
No deberíamos, entonces, lamentar la diversidad teórica en la disciplina. La diversidad en la
escala actual puede ser, con justa razón, nueva en dominios teóricos, pero no es nueva en
la disciplina como un todo. Deberíamos tal vez contar con que haya períodos de aquí para
allá en cuanto a la diversidad y la unidad. Los arqueólogos marxistas, críticos y feministas
(Conkey 2003; Leone and Potter 1988; McGuire 1992; Patterson 1994) nos entregan
ejemplos de formas en que se incorporan movimientos importantes en arqueología a lo
largo del tiempo en la corriente principal. Cada uno de estos enfoques, soportes
fundamentales del debate contemporáneo en arqueología, tiene en este momento a
muchos arqueólogos siendo integrados en todos los aspectos de su trabajo., siendo la
moneda de cambio del intercambio intelectual. Y aun así al mismo tiempo, emergen nuevas
tensiones y divisiones (e.g. Shennan 2002 o Watkins 2003) para crear nuevas formas de
diversidad.

De la “teoría” a la “teoría de”
La separación parcial entre el dominio teórico y otros dominios identificados más arriba, así
como la especialización y diversificación de posiciones teóricas, han reforzado la idea de
que puede haber algo abstracto llamado “teoría arqueológica”, tan diverso como pueda ser.
Para muchos la teoría arqueológica ha sido rarificada y removida. En el mundo abstracto,
aparentemente divorciado de cualquier sitio de producción de conocimiento arqueológico, el


debate teórico se vuelve confrontacional por naturaleza ya que los términos se definen y se
disputan en términos abstractos. Las fronteras que rodean a las definiciones están
vigiladas. La teoría abstracta, por el bien de la teoría se involucra en batallas sobre
afirmaciones abstractas y opuestas, Los problemas teóricos se convierten rápidamente en
un asunto de quien puede “gritar más fuerte”, o quien “establece el programa” (Yoffee y
Sherratt 1993).
Pero en la práctica vemos que las teorías abstractas no se separan de los dominios
particulares. Al contrario, las teorías particulares parecen estar favorecidas por ciertos
conjuntos de intereses y parecen estar relacionadas con preguntas de diferentes tipos y
escalas. Así, las perspectivas evolucionistas han sido las más comunes en estudios
paleolíticos y de cazadores-recolectores; los estudios de género han tenido menor impacto
en el Paleolítico que en períodos posteriores; las teorías materialistas basadas en
subsistencia tienden a ser aplicadas a cazadores-recolectores; las teorías de poder e
ideología tienen su propio espacio principalmente en sociedades complejas; y la
fenomenología parece ser aplicada particularmente a monumentos y paisajes prehistóricos.
Cuando los arqueólogos hablan de una arqueología cognitiva o del comportamiento,
tienden a tener preguntas y problemas específicos en mente. Para Merleau-Ponty (1962), el
pensamiento es siempre “en algo”. En este libro, Thomas (capítulo 7) describe cómo para
Heidegger, el lugar está siempre “en algo”. Así también, la teoría arqueológica siempre es
"de algo". La teoría es como excavar, un “hacer”. Es una práctica o costumbre (Hodder
1992; Shanks en el capítulo 12). Este reconocimiento socava las demandas de una
universalidad y unidad de la teoría arqueológica.
Por supuesto, puede discutirse que la arqueología como un todo está unida en una práctica
unificada, un hacer unificado, por lo que deberíamos esperar teorías unificadas. Pero
incluso en los niveles teóricos más generales, los arqueólogos se involucran en argumentos
sumamente diferentes. Algunos arqueólogos desean aportar al conocimiento científico, o
pueden desear entregar conocimiento, para que las personas puedan comprender mejor el
mundo que los rodea. Pero en un mundo post-colonial, tales objetivos de una lejana
arqueología objetiva pueden fácilmente parecer estrechos, desinteresados e incluso
coloniales. Como señala Gosden (capítulo 10), en un contexto post-colonial de
multivocalización, un pasado negociado parece más relevante. Esto podría conllevar a una
negociación y acomodación de la idea de que los monumentos del pasado pueden tener
una presencia viva en el mundo de hoy –que están “vivos” de alguna manera. En contextos


más tardíos, la teoría abstracta trata menos con el conocimiento científico abstracto y más
con valores sociales específicos y marcos locales de significado.
Está en los intereses académicos y de universidades de elite el promulgar la idea de una
teoría abstracta. La especialización del debate intelectual arqueológico, en tanto, se
legitimaría. Pero la crítica fuera de lo académico ha mostrado que estas teorías abstractas
también están insertas en intereses –también son “teorías de algo”. Dentro de la academia,
los arqueólogos luchan entre ellos para llegar a aún más teorías, especialmente si pueden
ser consideradas meta-teorías que pretenden “explicar todo.” De hecho, esta diversidad
nace de hacer diferentes preguntas –desde la diversidad de los contextos de producción del
conocimiento arqueológico.

Variación en las perspectivas
Como resultado de dichos procesos, existen divergencias radicales en la forma en que
distintos autores en este libro interpretan la teoría. En resumen, estas diferencias derivan
en parte del proceso de competir por la diferencia, con la innovación a menudo influida por
los desarrollos en disciplinas cercanas. La diferencia de perspectiva también deriva de las
preguntas radicalmente desiguales que se están realizando desde lugares muy distintos de
producción de conocimiento.
Muchas de las diferencias de perspectiva se mantienen en la disciplina desde los 1980s o
desde antes. Por ejemplo, por un lado Renfrew (capitulo 5) repite la oposición de la ciencia
versus el relativismo, y el énfasis en la comprobación de hipótesis es dominante en la
aproximación de LaMotta y Schiffer (capitulo 2). Por otro lado, la idea de Thomas (capitulo
7) de que la “reanimación” de monumentos y paisajes ancestrales se intenta mover más
allá de esta dicotomía (para una discusión más extensa de este asunto ver Wylie 1989 y
Lempeter Archaeology Worksop 1997). Otra dicotomía que parece seguir sucediendo tiene
que ver con la arqueología vista como antropología o historia. Para LaMotta y Schiffer en el
capítulo 2 es claramente una antropología inter-cultural, incluso si aún se pone el énfasis en
asuntos históricos en varias escalas. La generalización es un tema clave a través de
muchos capítulos, pero para algunos autores, especialmente Leonard, LaMotta y Schiffer,
Renfrew, y Mithen (capítulos 2-5) esta juega un rol protagónico. Gosden (capitulo 10)
plantea la oposición entre la información general y el conocimiento local dentro de
contextos más amplios. Es, de hecho, notable que muchos organismos dadores de becas
en países de habla inglesa occidentales evalúen propuestas únicamente en términos de su
contribución al conocimiento general. A menudo, no se realizan las preguntas necesarias


sobre el impacto de un proyecto en las comunidades locales, o sobre la relevancia del
proyecto para el conocimiento local. Se trata, más bien, de museos y proyectos relativos al
patrimonio local, y de aquellos relacionados con los derechos de tierras y reclamos de
identidad de los grupos minoritarios que son propensos a evitar la ciencia universal y de
centrarse en los problemas locales. Aquí la relación entre la teoría y el contexto de la
producción de conocimiento es evidente.
Algunos autores, como LaMotta y Schiffer, Leonard y Mithen (capítulos 2-4), separan la
cultura, la historia y la contingencia de procesos evolucionistas o conductuales. Esta
postura opuesta se observa claramente en la aproximación conductual de Schiffer (1999).
“Los lectores pueden estar desconcertados por la ausencia de gran parte del vocabulario en
la nueva teoría…como significado, signo, símbolo, intención, motivación, propósito, meta,
actitud, valor, creencia, norma, función, y cultura. A pesar de los esfuerzos Herculinos en las
ciencias sociales para definir estas nociones, a menudo etnocéntricas o metafísicas, se
mantienen conductualmente problemáticas y por lo tanto son superfluas en el proyecto
presente.” En el enfoque evolucionista, como representa Leonard (capitulo 3), la historia y
la contingencia son una parte del proceso evolucionista Darwiniano, y la cultura es su
producto, pero discutiría que a cierta escala de análisis dominan los procesos de
selectividad material. Para Yentsh y Beaudry (capitulo 9) la cultura material es universal; su
uso, forma, sustancia y significado simbólico son relativos a la cultura. Al menos a nivel
analítico, se hace una separación entre materialidad física objetiva y el significado que se le
asigna. Ellos observan esta separación analítica como un paso hacia una comprensión
antropológica de cómo se asigna un significado y cómo las relaciones dentro de la sociedad
van cambiando y esto produce cambios en el significado de los objetos. La separación del
significado de los objetos permite a los arqueólogos ordenar los artefactos en diferentes
categorías y comenzar a evaluar su significado dentro de la sociedad.
Así, la oposición cartesiana de materialidad/significado y materia/objeto se sostienen.
Thomas y Meskell (capítulos 7 y 8) intentan trascender estas dicotomías. Discuten a idea de
que hay una existencia material a la cual se le agrega un significado. Más bien, para ellos,
la existencia material ya es significativa por si sola y su significado ya ha vivido en el mundo
material como personificaciones. A nivel teórico, muchos de los autores que lidian con
especificidades históricas, incluyendo a Yentsch y Beaudry, tomarían este punto de vista.
Una posición similar es tomada por Renfrew (capítulo 5), para quien los símbolos son
activos y constitutivos. Para el, también, lo simbólico es parte de la vida diaria y ayuda a
construir el mundo.


Es posible ver entonces, como estas diferentes perspectivas están vinculadas a diferentes
sitios de producción de conocimiento arqueológico. Existen diferencias subyacentes entre
los tipos de intereses y preguntas de aquellos que utilizan enfoques evolucionistas en
general y aquellos avocados a la historia y la heurística. En este conjunto diferentes autores
toman su propia posición. Surgen nuevos planteamientos para cada enfoque, y las
escuelas están definidas. Distintos tipos de literatura surgen y dividen conferencias y
citaciones. Incluso si estas diferentes comunidades están trabajando a la vez líneas muy
similares no logran comunicarse bien. Por ejemplo, LaMotta y Schiffer discuten un modelo
de emulación sin referirse a la versión heurística de Miller (1982). La noción de Barret
(1987, ver también capítulo 6) de un campo de práctica social, tiene similitudes con la
noción de actividad de LaMotta y Schiffer, pero de nuevo no se hacen referencias de esto.
La idea de Renfrew (capítulo 5) de que el “peso” puede ser solo el “peso de algo” es
idéntica a la discusión fenomenológica de Merleau-Ponty (1962) pero expresada en
términos procesuales cognitivos.
Con esta división en distintas comunidades, la comunicación es difícil ya que las personas
hablan por sobre otras. Las diferencias se ven exageradas, atrincheradamente y
convergentemente difíciles. No pretendo negar que estas sean reales diferencias –pero se
vuelven difíciles de trascender gracias al discurso.

Convergencias
En los capítulos de este libro, se destacan dos áreas de convergencia. Ambas conciernen
a algo diferenciador sobre la evidencia arqueológica –una base desde la cual contribuir a
otras disciplinas. Gracias a esta naturaleza distintiva de la evidencia arqueológica en
relación a estas dos áreas, los arqueólogos sienten la confianza de contribuir con debates
más extensos. Las dos áreas son el largo plazo y la cultura material.
Con respecto a la perspectiva de largo-plazo que ofrece la arqueología, existe un
reconocimiento general de los autores en este libro sobre la importancia de los enfoques de
múltiples escalas en lo que se refiere a un amplio rango de problemas. Como ya se ha
indicado, la escala en la que se hacen las preguntas tiene implicaciones más amplias en los
contextos de la generación de conocimiento arqueológico. Gosden (capítulo 10) sugiere
hacer una distinción entre información general de amplia relevancia, y conocimiento local
de relevancia para las comunidades locales. Este punto se ilustra en el caso de los estudios
de Yentsch y Beaudry (capítulo 9). Todos los autores de este libro reconocen la necesidad
de distinguir influencias de corto plazo y largo plazo en el comportamiento humano. LaMotta


y Schiffer (capitulo 2) realizan una triple distinción entre interacciones que se dan a micro-
niveles, actividades que involucren la realización de tareas, e interacciones sistemáticas
que ocurren dentro de todo, desde los hogares a estados o naciones. Remarcan el énfasis
en su trabajo en la escala proximal (especialmente la actividad). Leonard y Mithen
(capítulos 3 y 4) trata fenómenos de largo plazo, pero como Leonard señala, esto conlleva
lidiar con el asunto de si la selección opera a niveles grupales o individuales. Renfrew
(capítulo 5) critica a la arqueología por su énfasis en la experiencia del individuo y a un
macro nivel de la sociedad sin confundir estas dos, especialmente cuando se trata del valor
de la generalización de las afirmaciones y la sensibilidad hacia el contexto. Barret (capitulo
6) enfatiza cómo los procesos a largo plazo deben ser comprendidos al desarrollar los
micro-procesos, tales como el ritmo de la entrega de regalos, o la dirección de vías en las
casas redondas de la Era de Hierro. Meskell (capitulo 8) contrasta los procesos fluidos e
individuales de la construcción diaria de identidad y los cambios en las costumbres sociales
que se producen más lentamente sobre las categorías de identidad. Pueden producirse
desacuerdos sobre la importancia relativa de las diferentes escalas, sobre la naturaleza de
las interacciones entre escalas, y sobre el grado en el cual se puede acceder a las
diferentes escalas con información arqueológica. Pero parece haber un reconocimiento
general de que se necesita un enfoque multiescalar y que la arqueología puede contribuir a
un estudio de interacciones entre escalas.
Otra situación recurrente en este libro es que la cultura material debe jugar un rol
protagónico en lo que significa ser humano. La mayoría de los autores parecen sugerir aquí
alguna versión de un punto de vista dialéctico en el cual los humanos y las cosas dependen
mutuamente. Esta es una reformulación del punto de vista Marxista
Childeano de que “el hombre se hace a sí mismo” (Childe 1936) o la visión Geertziana que
ser cultural es parte de la naturaleza humana (Geertz 1973), pero con un nuevo énfasis en
la “culturalidad material”. LaMotta y Schiffer (capitulo 2) plantean que el comportamiento
incluye a ambos, los objetos y las personas. Leonard (capítulo 3) sugiere que el fenotipo
humano incluye rasgos de comportamiento y cultura material, por lo que la cultura material
puede ser descrita como la parte complicada del fenotipo humano. Mithen (capitulo 4)
discute la noción de “la mente extendida”, por lo que incluso los pensamientos religiosos se
consideran dependientes de los objetos materiales. Renfrew (capitulo 5) y Gosden (capitulo
10) sugiere que es extraño que los arqueólogos no han prestado más atención a la
materialidad y el significado de las cosas. Renfrew hace referencia a las ideas de Donald
(1991) sobre “almacenamiento simbólico externo”, y habla de los orígenes del sedentarismo


en cuanto a una nueva personificación y una nueva materialización. Las teorías
conductuales utilizadas por Barret (capitulo 6) incluye el recuento de Bourdieu de heurística
humana en la práctica cotidiana, mientras Thomas (capitulo 7) sigue el enfoque experiencial
de Heidegger para describir al ser corporal en el mundo. Meskell (capítulos 8) habla de que
la identidad se encuentra castigada en la materialidad del cuerpo. Para Shanks (capitulo
12), las personas están siempre vinculadas a los objetos – los ciborgs son la norma. Así,
para él, los artefactos materiales no son “objetos” en ningún sentido. En vez de eso, se
dispersan en redes de vínculos entre una gran variedad de factores.
En todas estas maneras, entonces, se está discutiendo que un entendimiento del
comportamiento humano, de heurística y cultura debe incluir un estudio cercano de la forma
en la que los seres humanos dependen del mundo material. Puede existir desavenencias
entre los autores sobre como los humanos interactúan con la cultura material. Algunos
defenderán que los humanos dependen de la cultura material generalmente tanto como
dependen de las herramientas específicamente. Otros aseguran que la relación con la
cultura material debe ser comprendida en términos de la propia construcción de uno mismo
y de ser. Así el “yo” o el “nosotros” son siempre materiales en parte, como lo son la mayor
parte de los conceptos abstractos y teorías. Este énfasis en la contextualización pone en
primer plano una perspectiva arqueológica -en el pasado y en el presente.
Mientras, aunque podría haber sido esperado que las amplias divergencias ocurran en la
formulación de la relación entre humanos y cultura material, una idea clave vuelve a
aparecer repetidamente en los capítulos de este libro. Esta es la idea de que la cultura
material difiere del lenguaje. Schiffer (1999) y LaMotta y Schiffer (capitulo 2) desarrollan una
aproximación conductual a la teoría de la comunicación. La mayoría de los autores de este
libro han abandonado el punto de vista de la cultura material manipulada por los humanos
como forma de lenguaje (ver Yentsch y Beaudry, capitulo 9). A cierta escala, este asunto
puede ser analizado en términos evolucionistas. Mithen (capitulo 4) plantea que la
evolución de la cultura material y el lenguaje no se correlacionan necesariamente, y
Renfrew (capítulo 5) desarticula el uso temprano del lenguaje por cambios importantes más
tardíos de cómo los humanos producen cultura material. En otra escala, plantear un punto
similar puede hacerse en función de observaciones históricas y etnográficas. Meskell
(capitulo 8) indica que la ciencias médicas pueden haber desarrollado un discurso más
complejo sobre los hígados, que el que tenían los antiguos griegos, pero “Esto no quiere
decir que mi hígado sea más sofisticado de lo que era el hígado de Platón”. (Craib 1998:
109).


En respuesta a la necesidad de desarrollar una teoría conductual que vaya más allá de los
modelos de lenguaje y discurso, Barret (capitulo 6) utiliza las teorías de Bourdieu y Giddens
sobre práctica y estructuración. El análisis de cerca al comportamiento al uso del
conocimiento no discursivo en la práctica diaria. Thomas (captar 7) utiliza las ideas de
Heidegger e Ingold de ser en el mundo. Moser (capitulo 11) agrega que lo no verbal (en
este caso imágenes visuales) puede expresar cosas de las que no somos conscientes. Una
idea similar plantean Yentsch y Beaudry (capitulo 9). Moser define a las convenciones no-
lingüísticas que se utilizan para hacer que las imágenes adquieran significado. Estas deben
tratar, por ejemplo, la autenticidad y singularidad. Shanks también, en el capítulo 12, indica
a la importancia de lo visual en el comportamiento humano, específicamente en lo
arqueológico. De nuevo, entonces, las teorías específicas pueden variar, pero hay un punto
de vista ampliamente aceptado que los arqueólogos necesitan enfocarse en el particular
carácter material de su información y desarrollar modelos específicos que no se basen en el
lenguaje...
Conclusión
Así que la conclusión, basado en esta pequeña muestra de ensayos, es positiva.
Fuera de los espacios vacíos y desacuerdos sobre los fundamentos, y a pesar de la
evidencia de que los teóricos arqueológicos se encuentran atrapados en separar los
discursos no comunicantes, existe al menos alguna indicación de avance. En
particular, hay evidencia abundante del creciente vínculo con otras disciplinas, y la
inclusión de la arqueología en discusiones más amplias. Esta vinculación extensiva
ha sucedido en un tiempo en que los arqueólogos sienten una mayor confianza sobre
el carácter particular de su evidencia. En particular, existe un amplio reconocimiento
de que los arqueólogos son particularmente expertos en lo que se refiere al largo
plazo y la materialidad de la vida humana. Hay, así, evidencia emergente de
arqueólogos contribuyendo a amplios debates, no solo tomándolos prestados. Estas
contribuciones involucran a arqueólogos expresándose en su propia ley, no como
antropólogos o historiadores. Hay así una nueva madurez y confianza.
Tal vez, añadiendo esta madurez y confianza, pero también socavándola, es una
nueva fase de reflexividad y crítica como arqueólogos teóricos intentan responder a
los desafíos de trabajar dentro de un ambiente plural y global. La apertura del debate
a un amplio rango de voces desde los intereses feministas a los indigenistas y
grupos minoritarios ha llevado al cuestionamiento sobre principios y “dadas-por-
hecho” dentro de la disciplina. Los capítulos en este libro realizan ciertas


indicaciones que responden a la situación y se enfocan en problemas de
representación y poder (e.g. Moser y Shanks en los capítulos 11 y 12). Los procesos
del post-colonialismo y las nuevas tecnologías de información crean un nuevo
contexto en el cual los arqueólogos trabajarán. Pero es un contexto fluido y complejo
en el que la teoría y la práctica se ven en un continuo estado de desafío y
renegociación. Este libro puede ayudar a que este proceso avance, pero no puede
esperar a redefinirlo o estructurarlo.

Nota: Esta introducción es más corta de lo que se podría haber esperado, debido a la
necesidad de pedirle a autores de una diversidad de perspectivas que contribuyan
con este libro, me comprometí a no publicar su trabajo junto a una polémica propia.
Sin embargo, debía escribir una introducción, pero es muy difícil poner autores
dentro de una perspectiva histórica sin tomar alguna inclinación. Hice circular un
borrador de la introducción entre todos los autores e incorpore sus comentarios en
esta versión final lo más completamente que pude. Me disculpo con los autores si
represente erróneamente sus puntos de vista pero les agradezco por confiar su
trabajo a mi control editorial.